2).------------ ESTUDIANDO NUESTRO PRESENTE.
2-3).---------- MERCANTILISMO EDUCATIVO EMPRESARIAL.
Mención especial hay que hacer de la voluntad específica de la clase dirigente, o de su fracción hegemónica, para desarrollar una estrategia coherente como clase, y más aún, como bloque de clases dominante, que obligue al Estado y a las instituciones educativas privadas y subvencionadas a la obtención de determinados objetivos educativos relacionados con la formación tecnológica de la fuerza de trabajo, y su reciclaje periódico o permanente. En realidad, la mercantilización del sistema educativo ha sido una constante en la historia de la pedagogía burguesa, es decir, de las reformas e innovaciones que esta clase hizo e introdujo en el orden educativo socrático-cristiano desde, aproximadamente, mediados del siglo XVIII, siempre en medio de contradicciones, problemas y retrocesos transitorios pero, a la larga, con una resultante definitiva de dominio último de ese orden educativo anterior por el capital. Según las circunstancias, entre las que hay que destacar también las resistencias de las masas trabajadoras, la mercantilización educativa ha sido más o menos abierta, oficial y masiva, o encubierta y coexistente con otras formas más controladas por instituciones sociales. Sin embargo, al margen de esas variaciones superficiales, el orden educativo entra en lo que Marx entiende como proceso general de producción de valor, es decir, la educación como pieza clave en la reproducción ampliada del capitalismo. Por eso, Marx estudió al empresariado propietario de la "fábrica de educación", al margen de sus relaciones formales con las burocracias estatales, la educación pública o privada, o los medios de control de instituciones sociales y populares. Fábrica educativa que produce una mercancía imprescindible como es fuerza de trabajo adoctrinada y apta.
Pues bien, cuando esa clase o su fracción hegemónica apenas se preocupa por desarrollar una estrategia pedagógica coherente como clase, dejando que cada empresario propietario de una fábrica educativa, o el Estado y la Iglesia con sus escuelas, colegios y universidades propias, anden cada cual por su lado, entonces, inevitablemente, el caos educativo termina por dañar a las clases trabajadoras, mientras que la minoría dominante opta con descaro por la selecta educación privada. Si a esto le unimos el que el capital decide la mercantilización del sistema educativo, su desregulación y privatización, entonces, el panorama se vuelve terrible. Ahora bien, esta situación que de facto es la existente ya ahora dentro de los grandes Estados burgueses, es infinitamente peor para las naciones oprimidas que, además de serlo, ven como sus clases dominantes internas colaboran conscientemente con el ocupante también en esas cuestiones educativas.
La burguesía vasca en general se ha despreocupado del problema educativo en sí mismo, excepto en su contenido alienante y embrutecedor. Ha dejado deliberadamente que los Estados, Iglesia y otros poderes impusiesen durante décadas sus decisiones. Solamente se ha preocupado por la formación técnica de la fuerza de trabajo en aquellas áreas geoproductivas en las que el apremio de competitividad económica era acuciante. En Hego Euskal Herria esa indiferencia ha contado con tres coyunturas que le han favorecido pese a su desidia en esta cuestión central como son, una, la abrumadora masa de pequeñas y medianas empresas con poca tecnificación; dos, aún así su superioridad comparativa con el nivel tecnológico de la producción española y de su mercado estatal, y tres, durante años la relativamente poca competitividad exterior. A estas razones endógenas en lo económico-educativo, hay que añadirles otras exógenas como la nula oposición al franquismo por la mediana burguesía, y de total colaboración por la alta burguesía. Así, el capitalismo vasco peninsular no ha necesitado hasta hace poco de un esfuerzo serio de modernización educativa tecnocientífica. La situación es peor en Ipar Euskal Herria en donde no sólo una muy débil burguesía autóctona ha carecido de voluntad y recursos, pues recordemos que nuestro país está dividida por dos distritos educativos y universitarios franceses, sino que la metódica estrategia parisina de desertización industrial y especialización en el sector de servicios turísticos ha condenado a sus habitantes a la definitiva periferización empobrecida.
Pero las tres ventajas coyunturales del capitalismo vasco peninsular han desaparecido en pocos años y ahora la fuerza de trabajo está retrasada técnicamente con respecto a la europea, y se enfrenta a un reto competitivo global inexistente hace sólo diez años. Y es precisamente en estos momentos cuando más se padecen las negativas consecuencias de las imposiciones e indolencias anteriores. Por un lado, la inexistencia de un único poder educativo vasco en Hegoalde y sí, por contra, la proliferación de varias instancias, niveles y cuerpos legales impuestos, así como la fobia antivasca del PP-UPN-PSOE en Nafarroa, y su no menor oposición en Vascongadas. Por otro, la supremacía última de la centralidad estatal sobre la multidispersión vasca. Además, la estrategia privatizadora y mercantilizadora de la educación frenan de cuajo todo hipotético deseo de intervención pública progresista en la educación. Por último, la debilidad propia de un capitalismo con tanta pequeña empresa para coordinar una estrategia educativa acorde con sus intereses, en cierta forma enfrentados a los de su hermana de clase, la gran burguesía, dificulta aún más el esfuerzo. La parte continental de nuestro país tiene todavía peor futuro porque el crecimiento de la industria turística aumenta su especialización dependiente.
Aunque las expectativas abiertas tras el acuerdo de Lizarra Garazi y las preocupaciones suscitadas por la globalización económica y el acelerón de las innovaciones tecnológicas, puedan permitir algunas esperanzas sobre un posible esfuerzo democrático e innovador, hay que ser conscientes sin embargo de que, primero, las dificultades estructurales anteriormente vistas y, segundo, que existen determinadas cuestiones ante las cuales desaparecen todas las disputas entre gobiernos sucesivos y entre éstos y las burguesía de las naciones oprimidas con orientaciones diferentes. Sintéticamente, las podemos reducir a tres: la propiedad privada de los medios de producción, el mantenimiento de la ocupación de pueblos invadidos, y el mantenimiento de la explotación sexo-económica de las mujeres.